"Huida", para Clara Campoamor. - Marta López Nazco.

 

“Clara, tienes que quitarte esas ideas de la cabeza”.  No, son aquellos que me ven como inferior los que tienen que hacerlo.

Papá murió cuando yo era pequeña. Él era contable. Mamá era costurera. Y yo, con solo diez años, me vi obligada a abandonar mis estudios para poder salir adelante junto a ella. Viví en Zaragoza y en San Sebastián, y trabajé muy duro para poder volver a Madrid, para estar en casa de nuevo. Tuve la suerte de llegar a ser una de las primeras mujeres abogadas de la época.

Y yo me preguntaba: “si pude armarme de valor para marcharme, si tuve que trabajar tan duro, si he conseguido sola todo esto demostrando toda mi valía… ¿Por qué mi palabra vale menos, por qué mi poder de decisión no era el mismo que el de otros?

Soy mujer, y soy igual de valiente que cualquier hombre. No tengo miedo a alzar mi voz cuando alguna injusticia intenta hacer sombra en mi vida o en mi entorno. Algunos pueden haberme tachado alguna vez de loca, de revolucionaria, o usar acompañado de mi nombre cualquier tipo de descalificativo vulgar. Pero nunca me hicieron dudar de mi valía. Y yo, como mujer, me encargué de enseñarle a otras tantas que no éramos menos que ellos, y que juntas somos mucho más fuertes. Mucho más poderosas.

No entendí por qué Victoria, siendo mujer, no estaba a favor de que pudiésemos votar. Debatimos, durante la Segunda República, y mis ideas llegaron más allá de lo que yo pensaba, con una fuerza inexplicable. Y lo conseguí, nos concedieron el derecho a votar, gracias a los que nos veían en igualdad de condiciones, los que sabían que estábamos al mismo nivel. Todo lo que conseguimos empezó a tambalearse en 1936, cuando estalló la guerra. Por mis ideas, corría peligro. Y tuve que marcharme.

Cuando hui, me di cuenta de que no lo había hecho por primera vez. No, yo había conseguido escaparme del concepto tan cuadriculado y complicado de ser mujer. Había desterrado al infierno la creencia de que mi opinión, y la de otras tantas, no valía.  Fui valiente y alcé la voz por encima de todos esos gritos discrepantes. Y aunque nunca hubo silencio, mi voz llegó más lejos, mis ideales volaron más alto y mi fuerza hizo más presión. A mí me tocó marcharme de España en tiempos de guerra, como una prófuga de la justicia. ¿Por qué tengo que actuar como si fuera un acto deleznable que yo y otras muchas nacidas con la suerte o maldición de ser mujer en estos años queramos decir por nuestro futuro? ¿Por qué tendría que callarme si yo no tengo nada distinto a un hombre que mengüe mi capacidad para elegir? ¿Por qué tengo que enfrentarme a la dicotomía de morirme en España si me quedo o vivir en otro lugar para protegerme a mí y a los míos con el estallido de la guerra? ¿Por qué tiene que ser un delito haber luchado, por qué habría de torturarme? Sobre todo, por algo tan natural como poder participar de manera activa en la vida política, como hacen ellos. Yo no tengo nada que me haga menos que ellos. Y eso es lo que yo traté de enseñar a todas, y por eso me siguen, y por eso quieren silenciar mi voz.

Pero llegaron tarde, porque yo ya había sembrado la semilla de la revolución en otras tantas mujeres que se sentían capaces, que no querían relegarse a obtener un rol principal en el ámbito privado, y ni si quiera a un papel secundario en la vida pública. Y aunque yo tenía siempre en el corazón a mi amada Madrid, nunca pude volver. Siempre quedó en mi recuerdo cada una de las imágenes de la lucha incansable de todas las mujeres que rompieron el molde, que salieron del capullo para ser mariposas. Escribí de ello en Argentina, no solo como mi logro personal, sino como el logro de todas y cada una de las mujeres de España que no se conformaban, que crearon y creyeron en la revolución de un sistema que se transformó también en suyo.

Yo me consideré siempre una afortunada, aunque tuviera que irme para poder vivir. Por haber podido llevar mis ideas lo lejos que quise, por haber educado a tantas mujeres como lo hice. Solo el miedo de morir en la guerra pudo callarme. Y no fue para siempre. Porque supe que después de todo lo que conseguimos, las generaciones futuras van a seguir luchando por llegar lo más lejos posible. Para librar a todas las mujeres de etiquetas, para hacer sentir valiosas y afortunadas a todas aquellas que no pudieron alzar la voz.

Por todas aquellas que tuvimos que huir.

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